Publicado en www.baleria.com , la web de Jesús Valbuena, bisnieto del héroe de Baler y Cabo del destacamento español Jesús García Quijano,

Los Últimos de Filipinas han pasado a formar parte de la larga lista de injusticias que nos ofrece la Historia.
Un ejemplo más de la "memoria de los peces" tan propia de los españoles.

El 7 de noviembre del año 1.900 veía, por fin, como el sol se ponía en lo que otrora había sido el poderoso imperio español. La humillación que supuso la firma del Tratado de París tuvo su colofón en esa fecha al hacerse necesaria una nueva revisión del Tratado para incluir en la liquidación colonial española las islas de Sibutú y Cagayán en el archipiélago de Joló, Filipinas. Los compromisarios reunidos en París para poner fin al estado de guerra existente entre España y los Estados Unidos pasaron por alto -entre tanto paralelo, latitud, longitud y grados con los que determinaron la composición de las tierras que cambiaban de soberanía- un error cartográfico que permitió al país vencido la posesión, más teórica que real, de un territorio que ya no era suyo y que se vería obligado a devolver a toda prisa.

Lo que podía ser tan sólo una cuestión anecdótica se torna en hecho grave en el caso español, que así suma y sigue en el haber de despropósitos cometidos antes, durante y después del conflicto. Pues si grave fue someterse a una nueva humillación al reconocer la posesión, por otro lado casual y ya no deseada, de unas islas en el otro confín del mundo, más grave era aún haberse olvidado de la existencia de 57 personas -con rostros, nombres y apellidos- defendiendo con sus vidas una tierra que ya no era española.

Las lecciones extraídas de la situación que culminó con el fin del imperio sirvieron tan sólo para poner fin -momentáneamente- a la sangría humana que se estaba llevando a cabo entre las clases sociales más desfavorecidas y para acuñar dos célebres frases que poco o nada significan para los jóvenes de hoy día: "más se perdió en Cuba" y "los últimos de Filipinas". Los Últimos de Filipinas serían objeto de un mayor reconocimiento entre sus enemigos, que no dudarían en tildarlos de "amigos" y agasajarlos con todo tipo de honores, que entre sus propios compatriotas. Utilizados en un primer momento a su llegada a España como revulsivo para una nación necesitada de elementos que elevaran su autoestima no tardarían, sin embargo, en ser relegados al olvido.

Un olvido al que aún se aferran, obligados por haber formado parte de una generación a la que le tocó vivir el drama que supuso la guerra, la derrota y las pérdidas territoriales. El regreso de los 33 supervivientes de Baler supuso una afrenta para todos aquellos militares que a pesar de haber gozado de mayores recursos no los supieron utilizar adecuadamente o simplemente capitularon sin intentar un atisbo de lucha. Resultaron ser un "mal ejemplo" por su enconada resistencia. Los 33 supervivientes fueron 33 bofetadas en el orgullo de unas fuerzas armadas que en muchos casos dio por perdida la partida antes de iniciarla; 33 bofetadas a la incompetencia de unos mandos militares y de unos gobernantes más preocupados en su propio bienestar que, como casi siempre en las grandes ocasiones, no supieron estar a la misma altura que aquellos infelices arrieros, campesinos y zapateros que fueron enviados a blanquear sus huesos en ultramar.

Durante 337 días el hambre, el hedor, las enfermedades y la muerte -empeñada ésta en convertirse en inseparable compañera de aquellos muchachos- hicieron de la más absoluta soledad a la que fueron abandonados algo aún más difícil de sobrellevar. Han transcurrido poco más de cien años de aquellos hechos y en verdad no era necesario tanto tiempo para cubrir con el polvo del olvido el recuerdo del deber cumplido más allá de lo humanamente soportable y exigible. Durante todo ese tiempo nos hemos empeñado en evitar que su memoria resucite y si debemos apelar a alguna gesta heroica para eso ya tenemos a Pelayo, Numancia y Gerona. L. Pumarola dejaba escrito que el 2 de junio de 1899, desarrapados, comidos por la fiebre, orgullosos de su gesto, pero no altaneros, desfilaron los supervivientes de este grupo del Batallón expedicionario Nº2 con su jefe a la cabeza, ante sus enemigos que no habían podido vencer el alma española. Las murallas las defienden los corazones.
Hoy son muy pocos los que conocen esa pequeña parte de nuestra historia, escrita con sangre, sudor y lágrimas, algo tan tópico como cierto en aquella ocasión.

Su mención deja impertérritos a varias generaciones de españoles que saben más de heroísmos maquillados en El Álamo y en Vietnam que del heroísmo obligatorio y cotidiano de sobrevivir cerca de un año en un entorno reducido, sucio y hostil. Con poco que llevarse a la boca y carentes de esperanza; tan sólo las que les proporciona una bandera descolorida y rota. El Centenario que conmemoraba su hazaña pasó con más pena que gloria, olvidado -en franca similitud a lo que ya ocurriera durante aquellos terribles 337 días- por todas las instituciones y la inmensa mayoría de la sociedad.
Una guerra bastó para liquidar un imperio; un documental y una película poco verosímil bastaron para liquidar un centenario. El olvido al que siguen siendo relegados resta páginas al grueso volumen de nuestra historia; es una afrenta a la memoria de todos los que fueron obligados a sacrificar su juventud y su vida en unas lejanas tierras de las que muchos jamás habían oído hablar. El que olvida su historia está condenado a repetirla; pero desde que estalla la insurrección cubana en 1.868 hasta que concluye la Guerra Civil esta es tan sólo una verdad a medias: cuando los gobiernos y los poderes fácticos de una nación olvidan su historia las clases más desfavorecidas se ven condenadas a repetirla. En Baler no hubo vencedores ni vencidos: en Baler triunfó la razón. La que movería a unos a intentar desalojar de su mísero refugio a aquellos a los que terminarían por llamar amigos, y la que movió a éstos últimos a empecinarse en su resistencia contra toda lógica. No hubo rencor, sólo respeto. Algo que comienza a echarse en falta en estos tiempos que corren. Su gesta formará siempre parte indisoluble del patrimonio histórico hispano-filipino.




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